Alguna vez comenté porque comenzé un nuevo blog, porque dí vida a monosinfinitos cuando un cuaderno era suficiente. Es muy fácil tirar un cuaderno, borrarlo y hacer de cuenta que nunca existió. También tientan, una vez escritos, a ser releídos, corregidos y vueltos a leer. Me recuerda una frase, “En una hermosa mañana del mes de mayo, una elegante amazona recorría, en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia”.
Algunos lo habrán notado ya, otros por ahí se den cuenta ahora: soy incapaz de escribir nada, absolutamente nada, sin revisarlo y modificarlo varias veces en forma compulsiva. Escribir, leer, volver a redactar, repetir ad nauseam. ¿A qué se debe la obsesión que me persigue al escribir, sin importar que tan trivial pueda ser el texto?
Esa falta de impulsividad e inconformismo, propio, me lleva además a tirar un cuaderno al verlo aproximarse a las últimas hojas de vida. ¿Qué mejor forma de obligarme entonces a guardar un texto que usando un archivo imborrable, un archivo que, quiera o no, puede ser mucho más perdurable que cualquier papel? ¿Qué puede ser más conveniente para dejar de revisar insistentemente un texto que enviarlo a un grupo de gente con sólo tocar un botón? ¿En qué forma serán floridas las avenidas del Bosque de Bolonia?
A veces simplemente no hay forma, uno puede leer y releer sin jamás quedar conforme pero tarde o temprano hay que cerrar el sobre, poner la estampilla y tirar la carta al buzón, o, para los más modernos, presionar send. Sólo queda esperar que, del otro lado, la persona que recibe el mensaje sea menos obsesiva que uno mismo.
“En una hermosa mañana de mayo, una esbelta amazona, montada en una suntuosa jaca alazana, recorría entre flores las avenidas del Bosque…”
PD: El que lo saque sin usar gugl se gana una interné.
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