11/26/2009 (4:05 pm)
Crisis de identidad
http://en.wikipedia.org/wiki/When_a_white_horse_is_not_a_horse
http://en.wikipedia.org/wiki/When_a_white_horse_is_not_a_horse
Hace un tiempo publiqué una entrada con un desafío: en el texto se intercalaban distintas variaciones de una misma frase, el desafío era encontrar el origen, y más importante, el porque, de esa frase.
Nadie lo sacó, nadie se animó a comentar, la frase es del libro “La Peste”, de Albert Camus. Uno de los personajes en la novela, el empleado público si mal no recuerdo, dedica gran parte de su voluntad a perfeccionar más allá de lo imaginable una simple frase, con la intención de escribir una novela. Claro está, buscando la excelencia en una única línea jamas llega a escribir la segunda en todo el texto.
Muchas veces, cuando sin darme cuenta me encuentro leyendo y releyendo un texto, recuerdo este personaje. Automáticamente le doy al publish, send, enviar o el botón que deba ser presionado para el caso en particular; lo quiera o no, el asco es uno de tantos motivos que impulsan esta página.
Como ya dije alguna vez, sólo queda esperar que del otro lado, quien lee, sea un poco menos detallista que yo.
A veces llego a casa demasiado quemado, con la cabeza en cualquier lado. Tan cansado que, literalmente, no puedo terminar un juego de sudoku (ni en el más fácil). Es en estos momentos cuando aprovecho a terminar los trabajos prácticos de la facultad.

El otro día, revolviendo el baúl de la Interné, encontré un video muy copado de Bugs Bunny. Recuerdo haber visto ese capitulo de chico, el monstruo naranja siempre me pareció simpático en la tele pero aterrador cuando lo imaginaba parado en una oscura esquina de la habitación por la noche.
Un poco decepcionante verlo de grande, principalmente porque una vez acostumbrados a la voz de un personaje en castellano se vuelve parte de la memoria y no se puede reemplazar ni siquiera por la original, aún si la original es incluso mejor ya no es el mismo conejo amanerado de antes.
Quedó nuestra historia la última vez con una luz encendida y bastante misterio por la identidad del intruso nocturno que una vez más osaba interrumpir el sueño. No más, se desvela hoy el misterio, que paso cuando…
Por segunda vez en la noche ambos forzamos la vista tratando de descubrir en la oscuridad la quintaescencia de la noche, repasando con la mirada las filas de libros en la biblioteca, las puertas cerradas del armario, un tablero de ajedrez que estaba cerca, todo para encontrar nada una vez más. Traté de tranquilizar la situación para poder volver a dormir, obligación infaltable a esa hora.
Siguió una conversación poco inspirada que de la siguiente forma resume en pocas líneas la identidad del misterioso intruso nocturno y traza una compleja trama de eventos que harían imposible ver realizada mi intención de recuperar el tiempo quitado al sueño. Comencé por decir:
- No, no te preocupes, no escuché ruidos… como de una persona. Me pareció escuchar un ruido en el escritorio, como el que hace el viento al revolver los papeles, o el de un bichito cuando cae.
- Una rata
- No, pero mirá lo que se te viene a ocurrir, como va a ser una rata si…
- No boludo, la estoy viendo
- ¿Qué?
- Mirá, la biblioteca
- ¡Una rata!
Me gustaría narrar ahora mi heroico comportamiento ante la desesperada situación de verse arrinconado por un feroz, asqueroso y minúsculo animalito inofensivo. Aunque el alcohol que en ese momento volvía borrosos mis pensamientos hoy me impide recordar, es muy probable que haya sido yo quién terminó arriba de la silla al grito de “¡una rata, una rata!” mientras intentaba sostenerse la pollera.
Siguieron momentos de mucha confusión mientras se deliberaba acerca del mejor curso de acción para con nuestra nueva, e involuntaria, mascota. Por algún motivo J decidió que la mejor idea era usar la aspiradora. No entiendo muy bien como debería funcionar eso, si es necesario pedirle al animalito que, por favor, se quede quieto mientras el ruidoso aparato lo succiona, o como debería descartarse la prueba del delito una vez que la primer parte del plan funcionó, pero de cualquier forma y a falta de una mejor idea nos preparamos para ir en busca del aparato, con cuidado, sin movimientos bruscos; no sea cosa de que nuestro huésped se asuste, justo cuando más quieto lo necesitábamos.
Parados en el pasillo frente a la puerta del baño discutimos la mejor forma de aplicar la solución ideada a la tropa de avanzada de una posible futura invasión, tarea que nos entretuvo un buen rato, rato que la rata seguramente aprovechó para huir cobardemente. Se hicieron casi las seis de la mañana y el alba nos sorprendió en plena sesión deliberativa. Mi hermana, recién llegada, nos encontró todavía en el pasillo, con la luz del baño prendida y la puerta cerrada. Al ver la peculiar escena preguntó:
H – ¿Qué están haciendo?
J – …
Yo – Esperamos que el baño se desocupe
H – ¿Quién está en el baño?
J – No se pero ponete en la fila. Hace dos horas estamos esperando.
La suerte quiso que comprendiera que no se trataba del mejor momento de buscar más información y, seguramente a pesar de sus instintos de curiosa mujer, siguió su camino. No sin antes dedicar una mirada que sin palabras decía “compartan lo que estén fumando”.
Epílogo
El plan no funcionó, luego de un riguroso estudio científico seguido de un intenso debate llegamos a la conclusión de que la boca de la aspiradora es demasiado chica, la rata demasiado rápida, nuestros reflejos demasiado torpes y un sinfín de excusas más. Terminamos desalojados esa noche, nuestro enemigo victorioso. Una victoria efímera, al día siguiente lleve un gato a casa, animalito que al día de hoy me tiene más miedo de lo que la rata pudo tener esa noche. Presentadas ambas batallas quién ganó la guerra queda abierto a discusión.
Debo aclararlo. Los hechos de esta historia están basados en la realidad. En un sueño, en una pesadilla… es más o menos lo mismo. Porque, hablando de pesadillas, bastante común es despertar sobresaltado de una. Todo el mundo se encontró, al menos una vez, súbitamente sentado en la cama, el sudor frío corriendo por la espalda, la mirada clavada en el vacío de la oscuridad y un miedo irracional que solo la luz de un velador puede disipar.
Pasada la niñez los espantos que violentamente nos arrancan de los sueños suelen desaparecer al despertar; pocos somos los que podemos asegurar haber dejado el mundo de lo onírico por culpa de un pavoroso y terrorífico monstruo feroz, una aparición trasladada al plano de lo real, persistente en su existencia aún luego de ahogar la oscuridad de los rincones con el resplandor de un fósforo. Para los menos convencidos, deberán concederme, al menos, que ese número es bajo entre los cuerdos. Por supuesto, la cuestión tampoco radica en que me jacte de serlo sin embargo esta vez hay testigos. Si me siguen, explico.
Transcurría la noche del veintitrés de mayo, fecha de mi cumpleaños número veintitrés. El azar había guiado los acontecimientos de la velada a concluir mejor que lo que el mejor plan podría haber previsto; la penumbra cubría las habitaciones de la casa, vacía luego de la cena. En medio de una noche tranquila, pasadas las cinco de la mañana dormía profundamente aún bajo el efecto de algunas copas de vino que había tomado poco antes. La paz más absoluta reinaba en el silencio de las habitaciones, una quietud que ni siquiera los autos de la avenida se atrevían a desafiar.
La armonía de la noche en su camino hacia la madrugada se vio interrumpida por un momento cuando noté a mi lado una luz prendida. Comencé a escalar los muros que la pesadez nocturna construyó a mí alrededor, tarea que una ligera embriaguez aún me dificultaba. Cuando finalmente me vi lo suficientemente lúcido pregunté a J, quien hasta entonces dormía con tranquilidad a mi lado, qué motivaba tal interrupción, bochornoso agravio de haber invocado al fulgor de una miserable lámpara de veinticinco watts. Sobresaltada me contestó que había escuchado un ruido, una aparición siniestra que entre las tinieblas creyó notar, un extraño movimiento en la habitación. “No es nada” creo haber dicho, seguro de mi mismo. Después de todo ¿qué, quién, podría atreverse a faltar el respeto al sosiego nocturno?
A la luz de un velador que a duras penas llegaba a iluminar nuestras caras recorrimos la habitación con la mirada, forzando la vista al estudiar cada rincón de la habitación. Ella segura de adivinar una forma en cada sombra, yo seguro solamente de la insistencia con que el sueño, nuevamente, me reclamaba. Terminamos por apagar la luz al no encontrar rastros del misterioso ente, nos volvimos a acostar sin poder encontrar la causa de la interrupción a nuestros sueños con la vana esperanza de que, fuese lo que hubiese sido, no se vuelva a presentar.
Poco duró la serenidad una vez más impuesta por las sombras. Instantes después se escuchó nuevamente un ruido, sonido que ahora yo también había conseguido percibir a escasos metros de donde dormíamos, casi al pie de la cama. Desconozco si J lo escuchó o no, está vez fui yo quien declaró haber advertido un rumor extraño a la noche que me tenía acostumbrado a dormir en silencio, una presencia ajena al mobiliario del cuarto. Me senté en la cama y comencé a interrogar las sombras que nacían de la ventana, buscando una respuesta que justifique el malhumor creciente de ser despertado por segunda vez. J prendió el velador y se sentó, intranquila una vez más, aunque tengo la sospecha de que mi explicación y mi calma nunca habían llegado a convencerla del todo.
Se prendió la luz, está vez no volvería a apagarse, el intruso sería finalmente descubierto.
Para agregar algo de misterio, la identidad del intruso quedará oculta hasta terminar la revisión de la segunda parte (un par de días, no más) que, adelanto, es un giro de 180° en la historia. Hasta entonces, y como la última vez, se escuchan teorías sobre el misterioso personaje.
Google reader es una herramienta muy práctica donde uno se suscribe a todos los blogs que habitualmente lee para estar “up to date”, saber cuando doña Matilde sacó a pasear al perro o si al vecino se le pasaron los panqueques. Como todo ahora es dos-punto-cero además de bajarte los RSS de blogs amigos te sugiere nuevos blogs para leer según tus preferencias, determinadas por un enano mágico que vive en Groenlandía, por si necesitas más noticias de fallidos intentos culinarios y escatológicas veterinarias. A mi me sugiere un sitio llamado “Mental Help Net”.
¿Enano mágico, qué estás intentando decirme?
Como todos saben, y los que no se enteran, soy fanático del cine bizarro. Me encantan esas películas que de tan malas son buenas, que por más que intenten asustarnos, sorprendernos o atraparnos sólo consiguen, voluntariamente o no, hacernos reír por la mala calidad de sus actuaciones, los argumentos y diálogos o los efectos especiales.
Hace poco me enteré que existe una película donde Hércules práctica lanzamiento de oso. Literalmente, tira un oso al espacio. No puedo creer que esta película todavía no forme parte de mi colección, si alguien contribuye con un torrent estaré en eterna deuda.