02/16/2010 (11:05 am)

Chapoteando en la ciudad, la historia

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Me gusta la lluvia, no crean que no. Me gusta mucho, el problema con la lluvia es que el sentimiento no es mutua. Por eso es que cuando salgo a pasear con el auto, llueve. No garúa, llueve mucho. Es por eso también que cuando me quedo adentro, llueve. No afuera, llueve adentro. Todos deben tener alguna historia pasada por agua sobre la lluvia de ayer, la mía empieza con una planta. Una enredadera crecida, que fui a cortar luego de que se hubiera caído con motivo de la lluvia anterior, dejando unos trescientos kilos de planta cubriendo unos veinte metros cuadrados de patio.

Con aserrín hasta en las orejas (principalmente en las orejas, en realidad) me encontró la nueva lluvia, la de ayer. A mitad del trabajo decidí tomar un descanso, una pausa hasta el día siguiente ya que trabajar con una sierra eléctrica bajo la lluvia es una idea digna de Willy Coyote. Fui al baño a limpiarme el exprimido de planta que me cubría.

Esperando una noche tranquila, nada mejor que dormir con lluvia, no fue una sorpresa agradable encontrar un principio de inundación en mi cuarto. Fue una sorpresa menos agradable que luego de cerrar la ventana el goteo insistiera, persistente, sobre mi espalda. El problema no era la ventana, el agua entraba por el techo también. Y por la persiana. Y por entre las rendijas de la otra ventana.

Unos cuantos baldes después declaré la situación fuera de control, momento ideal para abandonar el barco. Sin más por hacer me resigné a sacar la computadora y el monitor, buscar alguna esquina con menos riesgo de inundabilidad en la casa y desearles buena suerte. No había mucho más por sacar y quedaba bastante por secar.

Por supuesto la historia viene de mal en peor, sino no tendría gracia: la lluvia no había hecho menos desastres abajo. Con la calle cubierta de agua, los autos comenzando a flotar y la lluvia todavía fuerte, la situación se veía… acuosa.

Se empezaron a escuchar gritos en toda la cuadra entonces. Entendí rápidamente porque cuando un camión decidió que nuestra cuadra era la menos inundada de todas las aledañas y entre olas frías y aceitosas me di mi primer baño en aguas de alcantarilla, experiencia refrescante y sumamente desagradable.

Sin mucho más que hacer subí hasta el cantero (el mismo que se ve a la izquierda en las fotos de la puerta del post anterior) para saludar al chofer, su madre y sus parientes más cercanos. Fue entonces cuando mi hermana, recién enterada de la lluvia, apareció por la puerta para preguntar que se veía en el resto de la cuadra:

- ¿Por qué tanta gente gritando?
- Porque los colectivos siguen pasando. ¿No viste ese 110?
- Ahh
- Uhh los autos se están subiendo a la plaza
- ¿Cómo a la plaza?
- Si, se están metiendo en la plaza porque la calle está muy inundada
- A ver, quiero ver eso
- Bueno, pero tené cuidado
- ¿Resbala mucho?
- No, pero tené cuidado

Comenzó a acercarse, sin mucha confianza, para trepar al cantero. Extendí el brazo y me preguntó si la iba a tirar. “No, no seas boluda”. Se agarró firmemente y instantes después de decidirse a dar el primer paso se arrepintió. Perdió el equilibrio, se agarró de la pared y amortiguó la caída aterrizando sentada. Detalle importante que notaran los lectores más atentos, en ningún momento mencioné que me hubiera soltado. Toda la caída estuvo acompañada por un grito, “Pelotudaaaa”, que terminó con mi segunda ducha en aguas de alcantarilla.

Epílogo
No quedó mucho más por hacer luego de desagotar el comedor, tarea que llevó una buena parte de la noche. Las fotos muestran bastante bien como quedó la calle y que quedó adentro de la casa también. No terminamos de secar mucho, me serví un Whiskey y a dormir.

02/16/2010 (10:18 am)

Chapoteando en la ciudad, las fotos

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