09/10/2010 (7:00 am)
Experiencias hexápodas
Hasta donde llega la adicción de un hombre? Que sacrificios está dispuesto a realizar, en pos de calmar los monstruos que acompañan el delirium tremens? La falta de café es terrible, en particular los lunes por la mañana. Peor aún es cuando la esperada dosis de oro negro no falta, está a la vista pero inalcanzable.
En la oficina la máquina de café se caracterizaba por su funcionamiento intermitente. No es ninguna sorpresa, todos esos equipos automágicos tienden a ser bastante frágiles, a requerir mantenimiento, a ser bastante sucios. Claro, uno esperaría una tasa de servicio superior a dos cafés por reparación pero ninguna máquina es perfecta, verdad?
La adaptación a un cronograma de funcionamiento irregularmente similar al del subte de Buenos Aires si bien tortuosa, no fue imposible. Se llegó a un equilibrio, una tensión estática con regular mantenimiento matutino, que junto con otro temprano por la tarde aseguraban un flujo uniforme de materia prima en la oficina.
Poco duró la armonía cuando la máquina de café, ahora en funcionamiento casi regular, sufrió una invasión de cucarachas. Aunque esperar el café mirando cucarachas bebé pasearse por el display servía de distracción, generaba serias dudas sobre la calidad de la poción tónica que uno estaba a punto de ingerir.
Los más cobardes claudicamos ante las primeras expediciones de avanzada del hexápodo invasor, algunos con mayor tolerancia a los insectos y menor tolerancia a la falta de café decidieron seguir usándola, pero fue cuestión de tiempo hasta que comenzó a circular el rumor de que el ejercito enemigo había llegado hasta el molino. Era cuestión de tiempo, cómo al final ocurrió, encontrar un vaso de café con condimento adicional, quizás alguna pata mal triturada.
A los pocos días el mantenimiento, para entonces ya más esporádico, terminó por ser completamente suspendido. El reemplazo no se hizo esperar, diez mil pesos a la basura, deprecados por un nescafé.
No tuvimos más problemas de mantenimiento.