Llegando al final de la carrera (en la facultad, vale la aclaración) parece que las materias tuvieran cada vez menos contenido, libro a libro lo va perdiendo a través de los años, el orgullo de aprender de los primeros años se ve reemplazado por la apatía de tachar materias como un convicto marca días. Si fuera optimista diría que es síntoma del cansancio por saberse próximo al final, en muchos sentidos, pero comparar los temarios y encontrar repetidos con asignaturas de primero (!) es bastante desmoralizador, sin importar la dosis de pesimismo con que se lo mire.
Durante alguna de las últimas clases decidí documentar fielmente los estrechos vericuetos por los que mi mente divaga ante la privación de estimulo sensorial que transcurre de siete a diez, tratando de capturar así algún tipo de quintaesencia que me permita discernir la razón por la que sigo allí sentado. Transcribo un fragmento a continuación.
la lala lalal laallal lalal lallalala lalal alalalal alallala lala lalal laallal lalal lallalala lalal alalalal alalla lalal alalalal alallala lala lalal laallal lalal lallalala lalal alalalal alalla alalal alallala lala lalal laallal lalalla lala lalal laallal lalal lallalala lalal.
Algún día quizás lo encuentre.
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