10/07/2011 (7:00 am)

Taxi por dos cuadras

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Para los que no andamos con un smartphone encima todo el día, perderse en una ciudad chica es posible. Cualquier lugar nuevo es desconocido, y no hay google maps que te salve si no te imprimiste un mapa antes de salir. Eso hace que salir a buscar un lugar, incluso teniendo la dirección, pueda ser una tarea complicada en lugares poco concurridos.

Por suerte siempre hay algún taxi que te salva. Medio dormido, entre bostezo y bostezo, con algo de suerte el tachero te ve hacerle señas antes de pasarte por encima. No importa que lleves dos cuadras haciendo señas, si clava los frenos y no te pisa tenés la mejor guía para ir a cualquier calle en la ciudad.

Buscar un taxi estando perdido en una ciudad chica tiene sus desventajas también, por ejemplo el desconocimiento de las distancias. Recordemos que en una ciudad chica no es nada raro que el destino buscado en realidad esté en un radio inferior a las tres cuadras. Uno puede notar esta situación fácilmente, sólo alcanza subir al taxi, ver al conductor activar el reloj para luego acelerar a fondo una cuadra y clavar los frenos a la siguiente.

El procedimiento a seguir en estos casos es muy simple, se debe esperar en el recinto del auto pacientemente unos segundos, abonar la tarifa marcada y antes de salir dejar de regalo el resultado de haber comido guiso de lentejas al mediodía. Procurar un clima frío para mejores resultados.

(Basado en hechos reales)

 

09/23/2011 (7:00 am)

Balanceando el shampoo

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Luego de largos meses de cavilaciones y solitarias discusiones metafísicas llegué a una significativa conclusión para la condición humana: es imposible balancear el shampoo con la crema de enjuague. Me explico. Uno esperaría que ambas se gasten a ritmo parejo, de forma que sea posible terminar ambas botellas, simultáneamente, para luego comprar otro par. Mi experiencia me lleva a la irrefutable conclusión de que este ritmo es simplemente una utopía inalcanzable, una vez descartada la idea de incurrir en poco económicos excesos y desperdicios. Esto nos obliga a elegir entre dos caminos de acción igualmente patéticos: reponer sólo la botella gastada con la obligación de concurrir por segunda vez al supermercado al terminar la segunda botella o comprar el par completo cuando una de las dos se termina, ocupando lugar en el armario de forma innecesaria mientras nos recuerda la falta de simetría reinante en el universo. Ambas opciones resultan igualmente absurdas e insatisfactorias, con un dejo solución apurada y la aplastante sensación de que el balance en el mundo se encuentra irremediablemente destruido.

Por supuesto, mis meditaciones en la ducha no se limitan a cuestiones de balance natural. O quizás sí. Otra de las desolaciones que me desvelan consiste la indescriptible dificultad de seleccionar la botella correcta por las mañanas, el trabajo de distinguir una botella de otra. Podría esperarse, y hasta sería lógico, que al menos el cincuenta por ciento de las mañanas uno habría de elegir la botella correcta. No es sino una muestra del terrible espíritu demoníaco que habita este par el hecho de que todas y cada una de las mañanas elija primero el equivocado. Un promedio de éxito menor al que podría obtener jugando a la ruleta, abominación estadística que inevitablemente desemboca en la trabajosa tarea buscar algún indicio en la etiqueta de la botella, acto que se vuelve una parte más del ritual matutino. De más está decirlo, dicha indicación es un texto minúsculo, imposible de encontrar.

09/10/2010 (7:00 am)

Experiencias hexápodas

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Hasta donde llega la adicción de un hombre? Que sacrificios está dispuesto a realizar, en pos de calmar los monstruos que acompañan el delirium tremens? La falta de café es terrible, en particular los lunes por la mañana. Peor aún es cuando la esperada dosis de oro negro no falta, está a la vista pero inalcanzable.

En la oficina la máquina de café se caracterizaba por su funcionamiento intermitente. No es ninguna sorpresa, todos esos equipos automágicos tienden a ser bastante frágiles, a requerir mantenimiento, a ser bastante sucios. Claro, uno esperaría una tasa de servicio superior a dos cafés por reparación pero ninguna máquina es perfecta, verdad?

La adaptación a un cronograma de funcionamiento irregularmente similar al del subte de Buenos Aires si bien tortuosa, no fue imposible. Se llegó a un equilibrio, una tensión estática con regular mantenimiento matutino, que junto con otro temprano por la tarde aseguraban un flujo uniforme de materia prima en la oficina.

Poco duró la armonía cuando la máquina de café, ahora en funcionamiento casi regular, sufrió una invasión de cucarachas. Aunque esperar el café mirando cucarachas bebé pasearse por el display servía de distracción, generaba serias dudas sobre la calidad de la poción tónica que uno estaba a punto de ingerir.

Los más cobardes claudicamos ante las primeras expediciones de avanzada del hexápodo invasor, algunos con mayor tolerancia a los insectos y menor tolerancia a la falta de café decidieron seguir usándola, pero fue cuestión de tiempo hasta que comenzó a circular el rumor de que el ejercito enemigo había llegado hasta el molino. Era cuestión de tiempo, cómo al final ocurrió, encontrar un vaso de café con condimento adicional, quizás alguna pata mal triturada.

A los pocos días el mantenimiento, para entonces ya más esporádico, terminó por ser completamente suspendido. El reemplazo no se hizo esperar, diez mil pesos a la basura, deprecados por un nescafé.

No tuvimos más problemas de mantenimiento.

02/16/2010 (11:05 am)

Chapoteando en la ciudad, la historia

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Me gusta la lluvia, no crean que no. Me gusta mucho, el problema con la lluvia es que el sentimiento no es mutua. Por eso es que cuando salgo a pasear con el auto, llueve. No garúa, llueve mucho. Es por eso también que cuando me quedo adentro, llueve. No afuera, llueve adentro. Todos deben tener alguna historia pasada por agua sobre la lluvia de ayer, la mía empieza con una planta. Una enredadera crecida, que fui a cortar luego de que se hubiera caído con motivo de la lluvia anterior, dejando unos trescientos kilos de planta cubriendo unos veinte metros cuadrados de patio.

Con aserrín hasta en las orejas (principalmente en las orejas, en realidad) me encontró la nueva lluvia, la de ayer. A mitad del trabajo decidí tomar un descanso, una pausa hasta el día siguiente ya que trabajar con una sierra eléctrica bajo la lluvia es una idea digna de Willy Coyote. Fui al baño a limpiarme el exprimido de planta que me cubría.

Esperando una noche tranquila, nada mejor que dormir con lluvia, no fue una sorpresa agradable encontrar un principio de inundación en mi cuarto. Fue una sorpresa menos agradable que luego de cerrar la ventana el goteo insistiera, persistente, sobre mi espalda. El problema no era la ventana, el agua entraba por el techo también. Y por la persiana. Y por entre las rendijas de la otra ventana.

Unos cuantos baldes después declaré la situación fuera de control, momento ideal para abandonar el barco. Sin más por hacer me resigné a sacar la computadora y el monitor, buscar alguna esquina con menos riesgo de inundabilidad en la casa y desearles buena suerte. No había mucho más por sacar y quedaba bastante por secar.

Por supuesto la historia viene de mal en peor, sino no tendría gracia: la lluvia no había hecho menos desastres abajo. Con la calle cubierta de agua, los autos comenzando a flotar y la lluvia todavía fuerte, la situación se veía… acuosa.

Se empezaron a escuchar gritos en toda la cuadra entonces. Entendí rápidamente porque cuando un camión decidió que nuestra cuadra era la menos inundada de todas las aledañas y entre olas frías y aceitosas me di mi primer baño en aguas de alcantarilla, experiencia refrescante y sumamente desagradable.

Sin mucho más que hacer subí hasta el cantero (el mismo que se ve a la izquierda en las fotos de la puerta del post anterior) para saludar al chofer, su madre y sus parientes más cercanos. Fue entonces cuando mi hermana, recién enterada de la lluvia, apareció por la puerta para preguntar que se veía en el resto de la cuadra:

- ¿Por qué tanta gente gritando?
- Porque los colectivos siguen pasando. ¿No viste ese 110?
- Ahh
- Uhh los autos se están subiendo a la plaza
- ¿Cómo a la plaza?
- Si, se están metiendo en la plaza porque la calle está muy inundada
- A ver, quiero ver eso
- Bueno, pero tené cuidado
- ¿Resbala mucho?
- No, pero tené cuidado

Comenzó a acercarse, sin mucha confianza, para trepar al cantero. Extendí el brazo y me preguntó si la iba a tirar. “No, no seas boluda”. Se agarró firmemente y instantes después de decidirse a dar el primer paso se arrepintió. Perdió el equilibrio, se agarró de la pared y amortiguó la caída aterrizando sentada. Detalle importante que notaran los lectores más atentos, en ningún momento mencioné que me hubiera soltado. Toda la caída estuvo acompañada por un grito, “Pelotudaaaa”, que terminó con mi segunda ducha en aguas de alcantarilla.

Epílogo
No quedó mucho más por hacer luego de desagotar el comedor, tarea que llevó una buena parte de la noche. Las fotos muestran bastante bien como quedó la calle y que quedó adentro de la casa también. No terminamos de secar mucho, me serví un Whiskey y a dormir.

11/13/2009 (12:33 am)

Invasión, parte dos

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Quedó nuestra historia la última vez con una luz encendida y bastante misterio por la identidad del intruso nocturno que una vez más osaba interrumpir el sueño. No más, se desvela hoy el misterio, que paso cuando…

Por segunda vez en la noche ambos forzamos la vista tratando de descubrir en la oscuridad la quintaescencia de la noche, repasando con la mirada las filas de libros en la biblioteca, las puertas cerradas del armario, un tablero de ajedrez que estaba cerca, todo para encontrar nada una vez más. Traté de tranquilizar la situación para poder volver a dormir, obligación infaltable a esa hora.

Siguió una conversación poco inspirada que de la siguiente forma resume en pocas líneas la identidad del misterioso intruso nocturno y traza una compleja trama de eventos que harían imposible ver realizada mi intención de recuperar el tiempo quitado al sueño. Comencé por decir:

- No, no te preocupes, no escuché ruidos… como de una persona. Me pareció escuchar un ruido en el escritorio, como el que hace el viento al revolver los papeles, o el de un bichito cuando cae.
- Una rata
- No, pero mirá lo que se te viene a ocurrir, como va a ser una rata si…
- No boludo, la estoy viendo
- ¿Qué?
- Mirá, la biblioteca
- ¡Una rata!

Me gustaría narrar ahora mi heroico comportamiento ante la desesperada situación de verse arrinconado por un feroz, asqueroso y minúsculo animalito inofensivo. Aunque el alcohol que en ese momento volvía borrosos mis pensamientos hoy me impide recordar, es muy probable que haya sido yo quién terminó arriba de la silla al grito de “¡una rata, una rata!” mientras intentaba sostenerse la pollera.

Siguieron momentos de mucha confusión mientras se deliberaba acerca del mejor curso de acción para con nuestra nueva, e involuntaria, mascota. Por algún motivo J decidió que la mejor idea era usar la aspiradora. No entiendo muy bien como debería funcionar eso, si es necesario pedirle al animalito que, por favor, se quede quieto mientras el ruidoso aparato lo succiona, o como debería descartarse la prueba del delito una vez que la primer parte del plan funcionó, pero de cualquier forma y a falta de una mejor idea nos preparamos para ir en busca del aparato, con cuidado, sin movimientos bruscos; no sea cosa de que nuestro huésped se asuste, justo cuando más quieto lo necesitábamos.

Parados en el pasillo frente a la puerta del baño discutimos la mejor forma de aplicar la solución ideada a la tropa de avanzada de una posible futura invasión, tarea que nos entretuvo un buen rato, rato que la rata seguramente aprovechó para huir cobardemente. Se hicieron casi las seis de la mañana y el alba nos sorprendió en plena sesión deliberativa. Mi hermana, recién llegada, nos encontró todavía en el pasillo, con la luz del baño prendida y la puerta cerrada. Al ver la peculiar escena preguntó:

H – ¿Qué están haciendo?
J – …
Yo – Esperamos que el baño se desocupe
H – ¿Quién está en el baño?
J – No se pero ponete en la fila. Hace dos horas estamos esperando.

La suerte quiso que comprendiera que no se trataba del mejor momento de buscar más información y, seguramente a pesar de sus instintos de curiosa mujer, siguió su camino. No sin antes dedicar una mirada que sin palabras decía “compartan lo que estén fumando”.

Epílogo
El plan no funcionó, luego de un riguroso estudio científico seguido de un intenso debate llegamos a la conclusión de que la boca de la aspiradora es demasiado chica, la rata demasiado rápida, nuestros reflejos demasiado torpes y un sinfín de excusas más. Terminamos desalojados esa noche, nuestro enemigo victorioso. Una victoria efímera, al día siguiente lleve un gato a casa, animalito que al día de hoy me tiene más miedo de lo que la rata pudo tener esa noche. Presentadas ambas batallas quién ganó la guerra queda abierto a discusión.

11/10/2009 (7:00 am)

Invasión

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Debo aclararlo. Los hechos de esta historia están basados en la realidad. En un sueño, en una pesadilla… es más o menos lo mismo. Porque, hablando de pesadillas, bastante común es despertar sobresaltado de una. Todo el mundo se encontró, al menos una vez, súbitamente sentado en la cama, el sudor frío corriendo por la espalda, la mirada clavada en el vacío de la oscuridad y un miedo irracional que solo la luz de un velador puede disipar.

Pasada la niñez los espantos que violentamente nos arrancan de los sueños suelen desaparecer al despertar; pocos somos los que podemos asegurar haber dejado el mundo de lo onírico por culpa de un pavoroso y terrorífico monstruo feroz, una aparición trasladada al plano de lo real, persistente en su existencia aún luego de ahogar la oscuridad de los rincones con el resplandor de un fósforo. Para los menos convencidos, deberán concederme, al menos, que ese número es bajo entre los cuerdos. Por supuesto, la cuestión tampoco radica en que me jacte de serlo sin embargo esta vez hay testigos. Si me siguen, explico.

Transcurría la noche del veintitrés de mayo, fecha de mi cumpleaños número veintitrés. El azar había guiado los acontecimientos de la velada a concluir mejor que lo que el mejor plan podría haber previsto; la penumbra cubría las habitaciones de la casa, vacía luego de la cena. En medio de una noche tranquila, pasadas las cinco de la mañana dormía profundamente aún bajo el efecto de algunas copas de vino que había tomado poco antes. La paz más absoluta reinaba en el silencio de las habitaciones, una quietud que ni siquiera los autos de la avenida se atrevían a desafiar.

La armonía de la noche en su camino hacia la madrugada se vio interrumpida por un momento cuando noté a mi lado una luz prendida. Comencé a escalar los muros que la pesadez nocturna construyó a mí alrededor, tarea que una ligera embriaguez aún me dificultaba. Cuando finalmente me vi lo suficientemente lúcido pregunté a J, quien hasta entonces dormía con tranquilidad a mi lado, qué motivaba tal interrupción, bochornoso agravio de haber invocado al fulgor de una miserable lámpara de veinticinco watts. Sobresaltada me contestó que había escuchado un ruido, una aparición siniestra que entre las tinieblas creyó notar, un extraño movimiento en la habitación. “No es nada” creo haber dicho, seguro de mi mismo. Después de todo ¿qué, quién, podría atreverse a faltar el respeto al sosiego nocturno?

A la luz de un velador que a duras penas llegaba a iluminar nuestras caras recorrimos la habitación con la mirada, forzando la vista al estudiar cada rincón de la habitación. Ella segura de adivinar una forma en cada sombra, yo seguro solamente de la insistencia con que el sueño, nuevamente, me reclamaba. Terminamos por apagar la luz al no encontrar rastros del misterioso ente, nos volvimos a acostar sin poder encontrar la causa de la interrupción a nuestros sueños con la vana esperanza de que, fuese lo que hubiese sido, no se vuelva a presentar.

Poco duró la serenidad una vez más impuesta por las sombras. Instantes después se escuchó nuevamente un ruido, sonido que ahora yo también había conseguido percibir a escasos metros de donde dormíamos, casi al pie de la cama. Desconozco si J lo escuchó o no, está vez fui yo quien declaró haber advertido un rumor extraño a la noche que me tenía acostumbrado a dormir en silencio, una presencia ajena al mobiliario del cuarto. Me senté en la cama y comencé a interrogar las sombras que nacían de la ventana, buscando una respuesta que justifique el malhumor creciente de ser despertado por segunda vez. J prendió el velador y se sentó, intranquila una vez más, aunque tengo la sospecha de que mi explicación y mi calma nunca habían llegado a convencerla del todo.

Se prendió la luz, está vez no volvería a apagarse, el intruso sería finalmente descubierto.

Para agregar algo de misterio, la identidad del intruso quedará oculta hasta terminar la revisión de la segunda parte (un par de días, no más) que, adelanto, es un giro de 180° en la historia. Hasta entonces, y como la última vez, se escuchan teorías sobre el misterioso personaje.

09/23/2009 (9:23 am)

Paublina, parte dos

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Termino ahora la historia que dejé por la mitad el fin de semana sobre como conocí, por así decirlo porque en verdad nunca llegué a conocer, a Paublina, una persona que me encontró por un mensaje de texto equivocado.

El tiempo pasó y aunque no puedo decir que nuestras conversaciones hayan sido particularmente significativas y profundas, o demostrativas de alguna característica en particular de la personalidad de mi nueva amiga, comencé a sospechar que no se trataba de un ardid de mi hermana sino de una persona real, alguien con una severa deficiencia para escribir utilizando un teléfono, y no me refiero a la deficiencia de escritura que es tan común en adolescentes (y algunos adultos boludones también) sino a una persona con verdaderas dificultades para redactar una oración con más de tres palabras.

El ejercicio de inventar nuevas faltas ortográficas daba como resultado mensajes del estilo “mañanana bas a trabaja tenprano” que con el tiempo se volvieron un sublenguaje castellano deformado. Mi paciencia no duró mucho más y me vi obligado a preguntar “pero es que sos disléxica?”.

Sospecho que nunca comprendió el significado de ese mensaje y ya no recuerdo que me respondió. Si recuerdo haber pedido prestado un teléfono para llamar al número del que hacia tanto tiempo me llegaban los mensajes, dispuesto a resolver de una vez por todas el misterio de Paublina aunque tuviera que escuchar del otro lado la risa victoriosa de mi hermana y todo un grupo de quinceañeras regocijándose por el triunfo de su paciencia.

Se hizo un silencio absoluto en la habitación entre el comienzo del tono de llamada y la voz que del otro lado respondió “hola”, esta vez quizás con hache. No sé a quien esperaba encontrar pero una persona real fue lo último en que pensé. Atendió, por la voz, una señora mayor. Parecía superar los sesenta años. No tuve tiempo de tomar nota del acento de Paublina, o de ninguna otra característica que la voz pueda delatar, y hoy no sé si cumple las expectativas del personaje que había imaginado. Corté sin decir nada con una mezcla de culpa y pena por la señora que me creía Manuel.

En los días que siguieron recibí otro mensaje que esta vez decidí no contestar. Fueron varios en verdad y luego de cada uno me propuse llamar y explicar la tragicómica situación, cosa que nunca me animé a hacer. Con el tiempo los mensajes fueron reduciendo su frecuencia y me creí libre de una vez por todas.

Claro, la historia no terminó ahí sino que recibí un último mensaje de Paublina algunas semanas después. No recuerdo bien qué decía pero explicaba que me necesitaba, no a mí sino a Manuel, en la casa porque hacía varios días estaba sin luz. Imaginé entonces una pobre viejita, congelada en medio del invierno, sin comida porque la heladera ya no andaba, sin pilas para escuchar el noticioso por radio AM, gritando desde la ventana “Manueeeeel… Manueeeeeel”.

Me ganó la desazón y tuve que llamar para explicar que yo no era Manuel, que pensé que toda la historia, desde el primer mensaje, se trataba de una broma, que no tenía la menor idea de quien era ella. El tono de llamada sonó una vez más, esta vez en mi teléfono aunque en realidad no era yo quien hacía la llamada. En seguida atendió Paublina, la persona real otra vez.

Fue una conversación breve y la verdad me desilusionó un poco. No hubo explicaciones, presentaciones y preguntas, risas o lagrimas. Sólo una frase, número equivocado, y Paublina fue quien cortó rápidamente está vez. Cortó y me quedé sin preguntar ni explicar más nada, pensando en lo que Paublina diría a Manuel la próxima vez que se vieran.

09/20/2009 (3:51 pm)

Paublina

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Voy a dedicar este texto a alguien que jamás va a leerlo, alguien que ni siquiera conozco en persona aunque hablé con ella más de una vez. Estoy hablando de la persona que conocí por error y por SMS, de Paublina.

Hace mucho tiempo, mientras trabajaba, recibí en mi teléfono un mensaje bien simple. Sólo decía “ola manuel soy paublina”. Sin más que eso comenzó mi affaire por mensaje de texto con una persona que no conocía. Ella a mi tampoco, aunque me creía alguien llamado “Manuel”. Claro, hice lo mismo que cualquiera hubiera hecho, lo ignoré. ¿Quién no recibió alguna vez un mensaje de texto por error? Quién no pensó alguna vez, ¿qué pasaría si respondo?

La segunda vez el mensaje tenía algo más de contenido. Decía “ola manuel que pasa ya no me respondes”. Por supuesto, en la revancha decidí tomar la oportunidad de encontrar la respuesta (la segunda, qué pasaría si respondo, de la primera ya imaginaba la respuesta).

Aprovecho para aclarar con una pausa que lo que dice el mensaje no es del todo exacto, esto paso hace un buen tiempo ya, pero trato de respetar lo más posible el estilo de escritura y las faltas ortográficas. Tengo la sospecha también, nunca confirmada, que el nombre de mi interlocutora era en realidad Paulina pero, ¿quién soy yo para contradecir?

La forma de escribir me hizo sospechar que toda la situación se trataba de una artimaña muy posiblemente orquestada por mi hermana, en venganza por algún broma que ya no recordaba, pero la distancia entre mensaje y mensaje, había transcurrido más de un mes, señalaba una perseverancia que, sospechaba, no le correspondía. Imitando el estilo contesté “ola paublina como andas tanto tiempo que es de tu vida”.

Comenzó entonces un ida y vuelta de mensajes, generalmente con espacio de un par de días entre cada uno, con una persona que yo creía mi hermana y ella a mi Manuel. Como no entendía todavía la intención de la broma “seguí la corriente”, intenté sonsacar algo de información que me permita imaginar el personaje que alguna mente malévola había creado con el fin de reírse a costa mía (perdón hermanita!). Si bien la falta de tildes impide imaginar un acento siempre leí nuestras conversaciones con una tonada centroamericana, el andas con silaba tónica “an”, no andás con tonada porteña. No sé porque.

En las semanas sucesivas me fui enterando varías cosas de Paublina, del personaje que yo creía Paublina. Trabajaba casi todo el día cocinando en un hotel, vivía lejos de capital, se levantaba todos los días a las seis y se dormía tarde en la noche. Me enteré varias cosas de Manuel también, un viejo amigo de Paublina, quizás un familiar por el “tono” de sorpresa en la respuesta cuando pregunté cuando nos volvíamos a ver. Es obvio en retrospectiva pero la parte más difícil de impersonar a Manuel no era hablar con Paublina sino llegar a conocer un personaje que yo creía inventado por otra persona que también creía inventada (¿con qué fin?) sin dar a entender que, en realidad, no tenía la menor idea de quién era Manuel ni sabía quién era Paublina.

Terminé por enterarme quién es Paublina un tiempo después pero como la historia se me está haciendo larga voy a dejar la edición de la segunda parte para la semana que viene, hasta entonces queda la intriga por resolver (y escucho teorías de los que quieran enviar alguna).

 
 
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